Opiniones Nacionales

Los tres andariveles de la política

Por Diego Guelar*

En todos los países democráticos, especialmente en los más grandes de América (Canadá, Estados Unidos, México, Brasil y Argentina), el debate político se canaliza en tres niveles bien diferenciados: los Estados provinciales, los Parlamentos nacionales y los partidos políticos.

Los Estados provinciales: Ahí predomina la visión “territorialista” de los gobernadores, identificados con la “gobernabilidad” y las permanentes tensiones con el poder central, por disputas impositivas, programas de infraestructura, educación, seguridad o salud y la interacción entre los  presupuestos provinciales y nacionales. Al final del camino, se pone énfasis en los acuerdos.

Los Parlamentos nacionales: el Parlamento es, históricamente, el lugar de encuentro y de conflicto entre los intereses del partido gobernante y de la oposición. Allí se choca, se negocia, se tensa y se flexibiliza en un permanente minué de claroscuros y de retóricas grandilocuentes. Allí, principios ideológicos y “necesidades concretas” se alternan a velocidad semanal, acicateados por el espectáculo del hemiciclo como escenario de la oratoria y los juegos de egos que se inscriben en la historia, captados por taquígrafos que dejan constancia de los aplausos, chiflatinas y algún que otro cenicero u objeto contundente que viaja por los aires de una a otra bancada.

El Parlamento es el “alma de la democracia”. Allí están presentes todas las voces, hasta las muy minoritarias, y no puede imaginarse la República Liberal Occidental sin la presencia activa de un vibrante Congreso. Esta dinámica hace que los líderes parlamentarios mantengan una suerte de diálogo entre barroco y florentino de aproximación, alejamiento, choque y abrazo, que se sucede  como una calesita que gira y renueva la sortija para que todos tengan la chance de alcanzarla. Teatro y danza fundamental para el sostenimiento de las instituciones.

Los partidos políticos: Los líderes partidarios, normalmente, no son ni los Presidentes, ni los Gobernadores, ni los jefes parlamentarios. Tienen una tarea sufrida y difícil: lidiar con las opacas finanzas de los partidos y las pujas en las elecciones internas. Es algo así como la “cloaca” del sistema político. Les toca el trabajo sucio que peor prensa conlleva y mas disgustos provoca.

Estos 3 andariveles se superponen, muchas veces en forma contradictoria, pero sus distintos perfiles alimentan las propuestas que los partidos o las coaliciones les proponen a la ciudadanía. Nuestra inmadura democracia -pese a sus casi 40 años de restaurada- se sorprende todavía con los conflictos internos de las dos coaliciones que conviven en el manejo de nuestras instituciones.

Cuando hacemos referencia a los “Albertistas” y los “Cristinistas” o a las “palomas” y los “halcones”, no hacemos otra cosa más que referirnos a las contradicciones propias de la política que, igual que el “plan divino”, no es nunca lineal ni unidireccional. Va de suyo que las “federaciones” no son “confederaciones” y que el “poder presidencialista” está por encima de estos tres andariveles.

El Presidente es un ”monarca republicano” con poderes de decisión, veto y arbitraje, que impiden el caos o la parálisis del sistema. La pandemia vino a confundir, adicionalmente, este panorama.

Pero debemos ver lo que pasa en todos los países mencionados: funcionan las coaliciones con sus conflictos, funcionan las oposiciones, funcionan en forma presencial los Congresos y el Poder Judicial. Y por supuesto, rige la mas absoluta libertad de prensa.

El “estado de excepción” reclama  de nosotros que actúen a pleno nuestras instituciones -República, federalismo, representación, independencia del Poder Judicial y la prensa- con mas transparencia y convicción que en los períodos de normalidad. También que podamos encontrar los denominadores comunes para superar la crisis.

* El autor es ex embajador en Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil y China