Fotos del Día Política y Economía

Aquí y en la China

Por Alberto Hedman*

Según la Organización Mundial de Turismo (OMT), en 2018 se registraron, en todo el mundo, más de 1400 millones de llegadas de turistas internacionales. Este fenómeno típico de los últimos decenios unido al crecimiento exponencial de los centros urbanos, que albergan al 57% de la población mundial, y al cambio climático, subyace como sostén estructural de la pandemia del Coronavirus, que en menos de tres meses ya alcanzó a 482.000 personas en 187 países. En lo inmediato, estadísticas que cambian día a día no permiten trazar una imagen definitiva. El caso de China es sugestivo. Luego de haber sido el epicentro del brote en enero pasado en la ciudad de Wuhan, de cerca de 12 millones de habitantes, y de haber frenado la propagación, contando 3.287 muertes en el país, ahora debe tomar medidas ante el crecimiento de casos importados. Ayer, el país asiático decidió bloquear el ingreso de extranjeros, aún los que poseen visas, y limitar severamente el acceso aéreo. Las medidas responden a la espera de una segunda ola de la pandemia.

Hasta ahora, la velocidad de reacción ante la aparición de los primeros casos y la infraestructura sanitaria disponible, además de la densidad demográfica, y el componente etario de la población afectada, explican, relativamente, las mayores o menores posibilidades de éxito de las estrategias de control de la expansión del COVID-19 en cada país. Pero ante la multiplicidad de factores que inciden en la propagación de la enfermedad, y un posible segundo círculo a partir de agosto, nadie tiene la llave mágica para anticiparse a su evolución. Frente a la inseguridad, en la Argentina, y en Misiones en particular, hasta hoy libre de contagio, se apostó tempranamente a la contención con decisiones políticas de Estado. En la mayoría de los países, a la corta o a la larga se imponen estrategias de aislamiento social, con excepciones no siempre honrosas, aunque la incertidumbre no cede.

Cálculos complejos

El avance exponencial del COVID-19 es un dato duro, tanto como la relatividad de los cálculos del índice de mortalidad, que aunque se dice que es bajo comparando con otros similares, no es fácil de determinar a causa de que para precisar el índice – la cantidad de muertes en relación a la cantidad de infectados- se debería poder contar los casos asintomáticos, todas las personas que se contagian y contagian pero no lo saben. El cálculo se dificulta también porque los positivos tardan de 1 hasta 14 días en manifestarse, -el período de incubación-, y de 2 a 8 semanas en convertirse en casos fatales. Si bien los análisis logran predecir la evolución de la curva de expansión, y por ello se estima –por ejemplo- que el pico de la pandemia en la región se vería entre fines de abril y principios de mayo, la predictibilidad estadística tiende a ser, en este crítico momento, una cifra opaca.

Popularidad en la mala

Las estadísticas, empero, no faltan. Ayer trascendió un estudio de la consultora Analogías según el cual la imagen positiva del presidente Alberto Fernández llega hoy a un inédito 93,8%. El apoyo al mandatario es un dato relevante en medio de una coyuntura contradictoria, en la que se confirma que “todo lo sólido se disuelve en el aire”, como advirtieran Marx y Engels en su clásico manifiesto. Siguiendo una calificación en boga, se puede ver que la pandemia es global pero las respuestas son locales, y por ello el Estado nacional que había sido dado por obsoleto en el siglo pasado, resurge hoy, alrededor del mundo. Se convierte, se lo admita o no, en la última trinchera frente a la incertidumbre. En tanto, el individualismo extremo, representado en la teoría económica según la cual las sociedades son una suma de individuos que eligen en el momento justo la oferta que más les conviene, – base del ataque del neoliberalismo al Estado de Bienestar- , se muestra como lo que es, una falacia argumentativa a favor de la inequidad.

Futuro incierto

Los pronósticos sobre las consecuencias sociales y económicas de la pandemia son alarmantes, como lo muestran los más de 85.000 millones de dólares que los inversionistas fugaron de los países emergentes ante la aparición del virus, según el Fondo Monetario, o los 25 millones de empleos que se evaporarían, como advirtió la OIT. Frente a ello no se necesitará, ahora y en adelante, del Estado a secas, como aparato tecno burocrático al servicio de las élites económicas, sino de un Estado social en tiempo presente, capaz de dar respuestas a los más débiles. El sociólogo sueco Goran Therborn advirtió tempranamente, en los años ochenta que el neoliberalismo era un intento de saqueo del “piso de socialización” que se había alcanzado a construir tras medio siglo de políticas de estado, en ámbitos como la salud y la seguridad social. Hoy, la relación directa entre el COVID-19 y las políticas de saqueo del neoliberalismo, asociadas a los cada vez más acelerados ciclos económicos del capitalismo financiero, son visibles, “aquí y en la China”, como se suele decir.