Fotos del Día Política y Economía

Paralelas que se tocan

Se atribuye a Perón haber dicho que la verdadera política de un país es su política exterior. Lo haya dicho o no, el tres veces presidente de los argentinos tuvo desde un principio una mirada estratégica a nivel global y regional mediante su teoría del ABC y una visión de unidad continental de actualidad incontrastable, que reaparece como la llave ineludible para entender el complejo escenario contemporáneo. El análisis de las elecciones de 1945-1946 que ganaría el frente que impulsaba la fórmula Perón-Quijano, contra Tamborini-Mosca, de la Unión Democrática, aporta aún hoy a la interpretación del drama latinoamericano, condicionado por una conflictiva recomposición del poder mundial. La consigna “Braden o Perón”, síntesis de lo que hoy se denomina “injerencismo” estadounidense designaba ya en esa época una estrategia de colonización del sentido común, vinculado a la disputa de las principales potencias, entonces Estados Unidos naciente e Inglaterra declinante, por el dominio de las todavía verdes repúblicas americanas. La fecha parece arcaica, pero como hoy lo hace la globalización neoliberal, en esa época, una todavía vigente contienda inter-imperialista se justificaba racionalizaciones ideológicas. La pretensión de Estados Unidos de actualizar su dominio en un área que consideraba su “patio trasero” se montaba así sobre la dicotomía “democracia o fascismo”, eje que en la posterior etapa de la Guerra Fría se reforzaría como “democracia o comunismo”.

Síntesis inspirada

En la campaña de 1945-46, Perón desenmascaró la manipulación ideológica que, de la mano del ex embajador y en ese momento secretario adjunto del Departamento de Estado, Spruille Braden, encubría el intervencionismo estadounidense en la Argentina bajo el lema “democracia o fascismo”. En un discurso de campaña en febrero de 1946, a días de las elecciones, señalaba: “Porque la verdad verdadera es esta, en nuestra patria no se debate un problema entre “libertad” y “Tiranía”, entre Rosas y Urquiza, entre “democracia” y “totalitarismo”. Lo que en el fondo del drama argentino se debate es, simplemente, un partido de campeonato entre la justicia social y la injusticia social”. La síntesis se aplica hoy a la supuesta “grieta” que divide al país y al continente. Viene a explicar también el todavía reciente triunfo electoral del peronismo. Además de la unidad de la dirigencia, que precipitó el gesto histórico de Cristina, lo produjo fundamentalmente un electorado que buscó reparo frente a la creciente injusticia social, representada en la emergencia alimentaria, los cientos de miles de desocupados y los 5 millones de nuevos pobres que generó el gobierno de Cambiemos en solo 4 años. La estela de Perón reaparece, además, en la prioridad que le dio el presidente electo, Alberto Fernández, a la problemática latinoamericana. Lo hizo en su viaje a México, donde se entrevistó con el presidente Andrés López Obrador, y luego al convocar a sesionar al Grupo Puebla en Buenos Aires. Estas señales anuncian el reinicio de un nuevo ciclo progresista en el continente, mucho antes de lo esperado. Una influencia virtuosa del triunfo de Alberto y Cristina en Argentina. La liberación del presidente Lula Da Silva, y el anuncio de su presencia en el acto de asunción del nuevo presidente, es una corroboración, además de la corrección de una flagrante injusticia cometida frente a los ojos de todo el mundo. La liberación de Lula, el dirigente latinoamericano de mayor prestigio en el mundo en las últimas décadas, fortalece un justificado optimismo en los golpeados campamentos progresistas del continente. No faltan, sin embargo, acechanzas y signos de retroceso, como las muertes impunes y las violaciones a los derechos humanos en el Chile de Sebastián Piñera o la represión en el Ecuador de Lenin Moreno.

La violencia cíclica

El silencio ante la denuncia pública de un inminente golpe de Estado por parte del presidente Evo Morales en Bolivia, a la que no respondieron las democracias del continente; merece un capítulo aparte. Las tomas de medios de comunicación y los levantamientos de policías son parte de una campaña de desestabilización “de libro”, que, operando sobre contradicciones inevitables en toda política y apoyándose en grupos de interés hegemónicos, enfrenta a ricos contra pobres. Pero también a pobres contra pobres, con el viejo recurso de la “colonización pedagógica” que denunciaba Jauretche. Detrás de los empresarios y políticos tradicionales bolivianos que provocan la desestabilización amparados en una impunidad de clase secular, opera la retórica “democracia versus dictadura”, no menos vetusta. Se anuncia así una deriva contraria y en paralelo a la recomposición del ciclo progresista. Paralelas que se cruzan, inevitablemente, en un complejo escenario geopolítico.