Sebastián Borkoski

Frecuencia ecuatorial

Por Sebastián Borkoski*

El insomnio había aparecido como un nuevo problema, desconocido. Quizás por la edad, quizás porque el silencio de la noche comenzó a decirle cosas, o una combinación de ambos factores. La solución que encontró fue tan obvia como sencilla: quebrar ese silencio. Intentó con música, pero, después de unos días,las melodías comenzaron a perderse en la nada. Decidió buscar algo en la de radio. Le pareció muy aburrido y también monótono escuchar siempre lo mismo, entonces dejó que un algoritmo de búsqueda aleatoria e internet hicieran lo suyo. Radios de todo el mundo iban alternándose noche tras noche, lógicamente había limitado el rango a los pocos idiomas que podía comprender. A veces escuchaba cosas interesantes que la mantenían despierta más que el propio insomnio, pero, por lo general, lo que pasaba en el mundo lograba dormirla en un horario decente.

Una noche, cuando ya estaba dormida, una voz alterada y en un tono agudizado por el miedo logró despertarla. El hombre de la radio narraba una crónica muy extraña. Embotada por el sueño, solamente reconoció palabras sueltas: guerra, Siberia, Groenlandia, norte, sur, ellos y nosotros.

La segunda vez que pudo escuchar el mismo programa, todavía no se había dormido. Había algo de estática y la voz, inconfundible, se mostraba más tranquila pero todavía muy angustiada. Escuchó descripciones de los movimientos realizados por una facción a la que llamaban “la resistencia”. Todo estaba tan bien narrado que parecía responder a un pulido guión. Los llamados “invasores” tenían tecnologías tan diferentes, y avanzadas en algunos casos, que no pudo evitar sentirse atraída por el relato. Sin embargo, como el locutor narraba solamente hechos recientes y no podía escucharlo todos los días, era difícil encontrar una coherencia general en el relato. Un problema adicional era que en la máquina, cuando esta radio se sintonizaba, no aparecía ningún nombre, ningún número para identificarla. La computadora mostraba jeroglíficos extraños que siempre eran diferentes. No había forma de encontrarla, la frecuenciaaparecía sola.

Trasmuchas noches de escuchar lascrónicas del narrador, pudo hilvanar algo más coherente. Según los relatos,una civilización alterna existíasumergida bajo los hielos eternos de Groenlandia y Siberia. No estaba claro si habían nacido ahí o habían encontrado otro tipo de refugio durante la era glaciar. Lo que sí resultaba evidente era que su grado de desarrollo estaba bastante más avanzado que el nuestro. La capacidad creadora que tenían como seres humanos se había elevado a grandes niveles por la necesidad de adaptarse a otro tipo de vida. Utilizaban energía geotérmica, agua dulce subterránea y consumían un tipo de vegetación desconocida. Comenzaron a salir de a poco a la superficie protegidos del sol con trajes extremadamente sofisticados. Más allá de estos detalles, lo importante era que habían salido para exterminarnos, como si toda la humanidad, a excepción de ellos, se tratara de una plaga. Conocían muy bien nuestros defectos. Tenían un elevado sistema de monitoreo. Nos habían estado observando durante gran parte de nuestra historia, nos dejaron en paz mucho tiempo. Pero fuimos nosotros los que golpeamos sus puertas, o mejor dicho, las derretimos. Tomaron posesión de las ciudades más importantes del norte. Donde llegaban, luego de asesinar a los que no podían escapar, inmediatamente perforaban un pozo de longitud interminable con un aparato monstruoso que les permitía volver a su mundo subterráneo.

El relato continuaba día a día, y ella esperaba impaciente que la computadora mostrara mágicamente los jeroglíficos que le permitían escuchar nuevamente la voz.

El sufrimiento y la angustia del narrador crecían cada vez más, se mostraba sumergido en el más fangoso desconsuelo. Nunca hubo en la historia una guerra tan despareja. Ellos, con unos pocos hombres, conquistaban ciudades. Nosotros, luego de perder cantidades inmensas de soldados de los países más poderosos, en un vano intento de atacarlos en su punto de origen, habíamos decidido defender las urbes que nos quedaban. Ya habían borrado del mapa todo lo que conocíamos hasta la línea del Ecuador. Los puntos más fuertes de la resistencia, los únicos, se encontraban ahora en el Caribe y en Guinea Ecuatorial, Gabón y Congo. Aparentemente, de estos lugares, en los que se repetía la frecuencia que la computadora captaba, el narrador se reusaba a dar su ubicación exacta. Era lógico. Estaba atrapado. De alguna manera habían comenzado a invadir desde el sur también. Probablemente,saliendo de otro pozo abierto en la Antártida.

Corría el invierno del año 2081 para el cronista radial. Durante muchos días, ella pensó que, ante sus oídos, se presentaba una interesante, aunque poco ingeniosa, radionovela. Sin embargo, luego de algún tiempo, escuchó una frase que la hizo horrorizar y, por ende, pensar de otra forma. Era un llamado. El locutor no sólo estaba narrando, estaba haciendo algo mucho más importante.

Dejó de escucharlo. Investigó incansablemente en lo que llaman “Deep Web” hasta dar con algunos informes que revelaban tomas satelitales de movimientos extraños en el centro de Groenlandia, bajo la superficie helada, algo que jamás se había visto. Había encontrado el punto real, la conexión entre el desconsuelo del narrador y nuestro mundo.El terror se apoderó de ella al recordar el vocativo utilizado por el locutor durante sus últimas apariciones: ustedes, los de antes.

*Escritor, colaborador de MISIONES OPINA