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Marito y la caravana de los desesperados

Por Héctor Gambini*

La caravana de los hondureños nos interpela. Buscan el Norte. Como la caravana de los venezolanos ha venido buscando el Sur. Las corrientes migratorias americanas se cruzan como golondrinas despistadas. Marchan hacia la primavera de un bienestar imaginario y florido mientras en el camino atraviesan mil inviernos implacables y resecos. En este caso, inviernos de 34 grados a la sombra.

Los hondureños huyen de la pobreza cruel, del narcotráfico y de las pandillas violentas (a las que llaman maras) caminando más de 3.300 kilómetros -como si lo hicieran desde Salta hasta Río Gallegos- hacia un país cuyo presidente los considera “delincuentes”. El delito sería querer una vida mejor para sus hijos, a quienes entregarán al futuro con los pies en llagas.

México es ahora el Mediterráneo de los centroamericanos. El océano a cruzar para llegar al sitio que imaginan promisorio. Ellos son un Aquarius que navega a pie y en tierra firme. Pero igualmente a la deriva.

Mientras espera a la marea de los indeseables, Donald Trump declaró la “emergencia nacional” y alertó al Ejército, como si fueran a atacarlo con misiles. Lo que sugirió es que, entremezclados con la caravana, viajan terroristas “de Oriente Medio”. El Pentágono ya moviliza a 800 militares para sumar a los que están en la frontera con México.

Casi un tercio de los 7.200 hondureños que comenzaron la marcha -ahora siguen algo más de la mitad- son chicos o adolescentes, pero Trump necesita ganar las elecciones legislativas de medio término el 6 de noviembre y agita el terror. Esos chicos son arrancados de Honduras por sus padres antes de que sean reclutados por las maras que les ofrecen la falsa dignidad de ser alguien en una estructura “de hermandad” y la casi certeza de una muerte temprana. Mara proviene de marabunta, una hormiga guerrera e hiperactiva que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Y que muere joven.

Marito Castellanos tiene 12 años y marchaba solo. Quería llegar a Estados Unidos para trabajar y estudiar “de lo que sea”. Atravesó todo Guatemala y consiguió llegar a México, pero allí lo detuvo la Policía de Frontera. La foto en la que llora desconsolado tras su captura se hizo viral. “Mi mamá me dijo que saliera adelante, en nombre de Dios”, rogó él. Vivía la interrupción de su marcha como la interrupción de su sueño y de aquel mandato materno-divino.

Lo devolvieron a Honduras, donde el 20% de la población vive con un dólar al día y él vende chicles en la calle para ayudar a su mamá epiléptica. El presidente Juan Hernández -acusado de fraude en las elecciones del año pasado- asegura que la caravana de los desesperados es alentada por agrupaciones de izquierda financiadas por Nicolás Maduro. Ahora muchos vuelven más por los estragos de los kilómetros polvorientos que por la fe renovada en el país del que partieron hace apenas dos semanas.

En el camino espinado hacia el Cielo imaginario, los marchantes dejan jirones de salud y familia. El desgaste físico y anímico es atroz. Ya hubo dos muertos y 30 desaparecidos. Los acompaña el dengue.

A quienes consigan llegar a la frontera con Estados Unidos los espera la hostilidad y una estadística desfavorable: sólo dos de cada 10 centroamericanos que piden asilo legal lo consiguen.

Trump endurece su tono de campaña lanzando rayos y centellas sobre los países que permiten el paso de la caravana de los desesperados, y amenaza con cortarles la ayuda económica. Entre los castigados está El Salvador, donde grupos de WhatsApp convocan a una nueva caravana que saldría este miércoles.

Si aumenta la penuria económica, los tuits de Trump sólo harán que haya más caravanas buscando la quimera de una vida mejor entre las navajas de los pandilleros y las metrallas de los guardias de frontera. Hay muchos más Maritos creciendo con ese sueño. Y él mismo ya dijo que, en cuanto pueda, lo intentará de nuevo.

*Publicación de Clarín.com