Opiniones Nacionales

La verdad simple pero no sencilla

Por Martín Rodíguez*

Empecemos así, con una imagen que alguien deseó: el día que el movimiento feminista logra que el Congreso empiece el debate sobre despenalización del aborto el peronismo tiene un enfrentamiento entre machos alfa. El 10 de abril asumía esa tensión en el ambiente. Una “conspiración de palacio”, tal como lo vislumbró Felipe Solá. “El diablo metió la cola”, masculló Felipe. Y sí: la producción de imágenes violentas de un peronismo usurpado es pura ganancia para el gobierno.

Otro peronista joven del Gran Buenos Aires, aseguraba: “el gobierno está detrás de esto, y es un juego perverso emparentado con lo de la Jaitt, meter temas en la consola”. Una opinión pública tomada como una jarra loca: tiremos todas las sobras encima. ¿Qué había ocurrido? Una solución venezolana: intervención en el principal partido opositor, todo conducido a los ponchazos por la jueza Servini de Cubría (que conoce como nadie la intimidad del partido, y que hizo favores a todos los peronismos) y por el peor sindicalista argentino. Las conspiraciones son válidas cuando el beneficiario es uno solo: el gobierno. Un ex sciolista circuló su primera versión de la historia esa misma tarde: “El gobierno aislando a Unidad Ciudadana del PJ para armar la lista que saque 10/15 puntos que les asegure primera vuelta. En ese armado van a estar todos los que no son perseguidos judicialmente.” Lo cierto es que a la operación de intervención le siguió la operación despegue: Duhalde se encargó de desligarse de la intervención y el bloque de senadores de Pichetto emitió un comunicado donde, palabra más, palabra menos, considera que no es la justicia la que debe ordenar un proceso político. Tuiteando como el rabino Bergman: no quieren ordenar al partido peronista, quieren al peronismo partido.

El 11 de abril, al otro día del bochorno barrionuevista, en un encuentro radical, el gobernador de Mendoza y presidente del Consejo Nacional, Alfredo Cornejo, celebró el contraste: “el radicalismo es un partido que realiza internas”. Urtubey, para confirmar la cola que hay en todo esto, también habló de las imágenes que la sociedad no quiere ver más y deslizó que “eso” que se vio (en realidad: una resistencia civilizada de Gioja a la intervención del partido que preside) sería el estertor de un peronismo roto. La idea es más o menos así: si el peronismo no quema el cajón hay que hacérselo quemar. Y una parte del peronismo quiere hacer ese papel. Son vampiros: nunca de cara al sol.

Pero salidos de la crónica de palacio y pasillo, podemos preguntarnos, ¿El peronismo es exactamente un partido? ¿Tanto les importa el partido a los peronistas? ¿Le importaba a Perón? ¿Donde está domiciliado el PJ estuvo siempre el domicilio real del peronismo? En un juego verbal, y para responderle a Cornejo, podemos decir que el radicalismo nunca se olvidó del partido… y se olvidó bastante de la gente. El peronismo corrió detrás de la gente… y se olvidó del partido. Al peronismo le cabe la de movimiento. El movimiento da cosas: mayorías (más capacidad de inclusión) y… velocidad. Una forma política para la virtud de no tener nunca del todo separado lo político de lo social. El peronismo tradicionalmente creyó en lo plebeyo de buscar su sujeto “afuera”, el radicalismo en un momento de su historia se enancó más en representar con su impronta de abogados y estudiantes una representación de la “civilidad”. Lugar común repetirlo. Veamos un poco más.

Cuando el senador Pichetto pide un peronismo de “centro”, uno piensa que esa figura del “centro” en el peronismo se dio por promedio histórico (porque se movió entre extremos ideológicos) y no por vocación. Vocación de centro, más bien, tuvo el radicalismo. Más que revisar el sistema evidente de colaboración entre Pichetto y el gobierno, me interesa señalar una concepción pichettista del peronismo: “el centro ideológico”. Lavagna intentó eso en 2007. En su famoso: “centro-progresismo”. La historia enseña que los peronistas “exitosos” no fueron ejemplos de moderación sino de creatividad y radicalidad política. Incluso de vacío: se dejaban llenar por el afuera, por la sociedad, por el pueblo, por derecha, por izquierda. No importa en este caso la distancia ideológica de los ejemplos. Menem y Kirchner. En fin.

Pero la unidad del peronismo es el tema, el problema, el desafío, el punto ciego del actual equilibrio político. ¿Y qué pasa si se une? ¿Se puede unir? Un peronismo dividido minoritariamente entre quienes creen que su límite es Macri y entre quienes creen que el límite es Cristina, y aunque muchos no crean que sea ella la solución, en esta especie de extenuante metáfora de la manta corta, de si con ella alcanza, sin ella tampoco, y así hasta el infinito.

Para que haya unidad tiene que haber un elemento que se le oyó decir a Capitanich con toda lógica: “que todos sientan que pueden ganar”. Y algo más que es la base democrática de un partido político: que los que pierden no sientan que pierden todo. Un partido no es sólo una minoría organizada, sino una minoría que organiza sus propias minorías. Sin esas dos condiciones es imposible una “casa común”. Pero para que haya unidad tiene que haber humildad: que todos sientan que perdieron desde 2013, que perdieron por mucho o por poco, pero que con eso no alcanza. El peronismo es una suma de mantas cortas que deben ser cosidas. Más o menos cortas, pero todas cortas. Es decir: tiene también pendiente, más que la unidad, el borrador de una síntesis. Desde el marxismo mágico que ve en las derrotas electorales victorias de la razón hasta la ortodoxia científica que cree que hay un centro puro donde está el poder por ósmosis y prudencia. Y todos deberían entender que ya no es tiempo de decir o hacer un daño del que no se tenga retorno. Mientras tanto, detrás, el gobierno y las operaciones. El macrismo que de día es la nueva política, una que funciona verde y con paneles solares. Y de noche: es la vieja electricidad argentina.

Lo que se está definiendo, también, es qué cosas tiene adentro el sistema político. Leamos un artículo del inolvidable Nicolás Casullo. Está escrito en marzo de 2008, en el inicio del conflicto de la 125. Por esos días, Kirchner imagina conducir esta vez ese partido al que revivió y destrató, por partes iguales. La democracia consolidada a partir de 1983 sobre-veneró esa figura: el Partido. Pero la crisis de 2001 los había “echado”. Cuando cantaron que se vayan todos, solo se fueron los partidos, ironizó con justicia poética el sociólogo Ricardo Sidicaro.

Escribió Casullo sobre el “desdén” partidocrático que dominaba el peronismo originario. Dice: “Ni Perón ni Evita ni los sindicatos imaginaron un peronismo devenido partido a la usanza clásica liberal, sino una fuerza descamisada contra un histórico andamiaje dominante. El mismo Cooke había sido llamado tardíamente a reorganizar infructuosamente el PJ de Capital poco antes de la caída. Ya en ese ‘55 Cooke comienza a exponer lo que sería esta dramática peronista de un partido poco real, casi “pintado”.” ¿Cuál es la vitalidad política argentina? Ese plus de indisciplinamiento. Que es una política plebeya, donde hay representantes de pobres que toman decisiones. No siempre, no todo el tiempo, pero no es un “impensable” que los “morochos” participen del poder. ¿Vivimos el fin de esto, el fin de la Argentina plebeya? La última imagen vecina de Lula nos describe un costo: el que el líder paulista paga por haber abierto más las puertas del paraíso político a un país amante de las elites. En Argentina la pregunta entonces no es qué van a hacer con un partido sino qué van a hacer con la política. ¿Qué vamos a hacer con la política? La “novedad” tan bien descripta ya en estudios sociológicos y libros sobre el modus macrista tiene un detalle: admite un solo usuario. Son ellos y solo ellos. ¿Y los demás?

*Publicación de wwwtercercordón.com.ar